jueves, 3 de mayo de 2007

LA ESPADA Y LA CABEZA

LA ESPADA Y LA CABEZA[1]

Autor: ROXANA ARAMBURÚ

Todo estaba en su mano y lo ha perdido.Lavalle es una espada sin cabeza.

Esteban Echeverría
(“Avellaneda”)

PERSONAJES
Damasita Boedo, 23 años
Juan Galo Lavalle, 44 años

Madrugada del 9 de octubre de 1841. Una habitación en la casa Zenarruza, en San Salvador de Jujuy. Escaso mobiliario: una cama, una mesa alta con jarra y palangana, un biombo, una silla, un arcón. Un ventanuco da al patio donde se encuentran los soldados.

ESCENA 1.
Lavalle está tirado boca abajo en la cama, en camiseta o camisa, sin la chaqueta militar. Su aspecto es desaliñado. Damasita, vestida como un soldado, marca en el piso con tiza la silueta de Lavalle. Borra, corrige la posición varias veces.

DAMASITA: - Juan Galo Lavalle cayó cerca de la puerta de entrada, ahora en exhibición en el museo de la casa Zenarruza, en San Salvador de Jujuy. Algunos testimonios aseguran que la cabeza de Lavalle (en adelante, el general) miraba hacia la puerta; otras en sentido contrario. Hay testigos que cuentan que se arrastró hasta la habitación; algunos dicen que murió en el acto; otros, que agonizó; los menos, que ni siquiera salió de la pieza que compartía con Damasita Boedo. Dicen que llevaba un poncho de vicuña al cuello, que rápidamente se cubrió de sangre. No hay coincidencia sobre el lugar de impacto: fue en la garganta, el corazón, la cabeza. Hubo ascensos, hubo premios. José Bracho, soldado del regimiento “Escolta Libertad”, porteño, treinta años, domiciliado en el barrio de la Piedad, de color pardo, fue el Héroe de la Cerradura. Todos se beneficiaron con la versión. Unitarios y federales.
Algunos compañeros de armas aseguraban que Lavalle estaba deprimido. Dijeron: pena en el alma. El fusilamiento –fusilación- de Manuel Dorrego, acontecido trece años atrás, agigantaba su propia sombra. La sombra espesa y tendida del ocaso del general Lavalle.

Pausa

El tiempo que pasa es la verdad que huye. Hoy cercarían el lugar del hecho con una cinta plástica, tomarían fotografías de la escena del crimen y buscarían huellas dactilares, interrogarían a los sospechosos, prohibirían el descarnamiento del occiso para poder realizarle la autopsia. Cotejarían patrones genéticos. Encontrarían el arma homicida. Las pericias balísticas dirían que un disparo de tercerola no puede atravesar una puerta maciza de esas proporciones y características. (Borra con el pie la marca de tiza). Tampoco llegarían a encontrar al culpable. La verdad es un traje que sólo pocos se atreven a lucir. Esa mañana de octubre de 1841 la verdad corrió por el río Huacalera, arrastrando el bochorno, la impudicia, el secreto de la muerte de Juan Galo Lavalle.

Se dirige hacia la puerta y se cuadra.

DAMASITA: - Mi general.

Lavalle no responde.

DAMASITA: - General. Me mandó llamar, mi general.

Lavalle se sobresalta y la mira, confuso.

LAVALLE: - ¿Qué hace vestida así?
DAMASITA: - Hago guardia frente a su puerta, como siempre.
LAVALLE: - Hoy no. Hoy se queda conmigo.

Lavalle trata de levantarse. Damasita se acerca para ayudarlo. Lavalle presiente el movimiento y se sienta rápidamente en la cama. La posición le produce una mueca de dolor.

LAVALLE: - Sáqueme las botas.

Damasita forcejea para sacarle el calzado.

LAVALLE: - ¿Ya lo sabe?

Damasita lo mira, interrogante.

LAVALLE: - Huyeron todos a Humahuaca. Bedoya dice que la guerra popular es imposible. Que me engañan los comandantes que me la prometen, que antes de que cante un gallo los voy a ver capitular con la montonera. Al menos el doctor me dejó una carta y la fortuna de pasar una noche en la casa que abandonaron.
DAMASITA: - Este lugar es peligroso, general. Usted está más desprotegido aquí, en plena ciudad. Puede alcanzarlo Oribe.
LAVALLE: - Necesito dormir en una cama. Habrá que seguir mañana. Nunca quise este exilio. Nunca. ¿Qué es ese rumor afuera?
DAMASITA: - No se agite, se hará mal. Alguien canta a lo lejos.
LAVALLE: - (Pendiente del exterior) Acerque la jofaina.
DAMASITA: - (Tocándole los pies vendados) Está hirviendo, general.
LAVALLE: - Callada. Traiga el agua.

Damasita busca la jarra, vierte agua en la palangana. Lavalle se levanta y mete los brazos hasta el codo, se queda mirando fijamente el interior.

LAVALLE: - ¿Lo vio?
DAMASITA: - ¿Qué cosa?
LAVALLE: - El reflejo. Ese color.
DAMASITA: - Es el fondo de la palangana, general. Tiene pintada una flor de ceibo.
LAVALLE: - Tírela, es el agua que está sucia. ¿Los caballos?
DAMASITA: - (Le alcanza un trapo para secarse) Les dimos de beber y algo de pienso.
LAVALLE: - Revisen la alfalfa. En Calchines perdí una caballada por veneno de pasto.
DAMASITA: - No se preocupe, general. En Salta no hay pastura mala.
LAVALLE: - No estamos en Salta. ¿Acaso ya no se acuerda que se vino detrás de mí como un perro?
DAMASITA: - (Tirando el agua) Sí, me acuerdo.
LAVALLE: - Estamos muy lejos de Salta. Usted dejó muy lejos Salta. Y se va a arrepentir.
DAMASITA: - No, general. No me voy a arrepentir.
LAVALLE: - (Sentándose otra vez en la cama) Y yo le digo que sí. Se va a arrepentir como todos los que alguna vez me apoyaron. Traiga una compresa fría. Sirva para algo.

Damasita busca agua limpia, moja una compresa y limpia la frente de Lavalle.

DAMASITA: - (Mira su rostro, sonriendo) Ahora vuelve a ser el granadero del Ejército Libertador, el jinete más valiente de Pasco, de Pichincha. ¿No le gustaría verse en un espejo?
LAVALLE: - Límpiese la cara. Trae tierra de la rodada.
DAMASITA: - (Limpiándose) Es peligroso ese camino. Habría que hacerlo a lomo de mula.
LAVALLE: - Acepte su torpeza, Damasita. Su yegua era una de las mejores, y la mancó por imprudente.
DAMASITA: - Discúlpeme, general. No volverá a ocurrir. (Entusiasmada) ¿Quiere probarse la chaqueta de granadero, como ayer?
LAVALLE: - Ahora no. ¿Le puso manta al tordillo?
DAMASITA: - No, la noche está templada.
LAVALLE: - La noche debe estar fría. Me sacuden los chuchos.
DAMASITA: - Tiene fiebre, general. Debe acostarse, mientras le preparo una tisana de yuyos para calmar la calentura.
LAVALLE: - No quiero ninguna medicina de indio. Quiero que se ocupe de mi caballo.
DAMASITA: - El tordillo está bien cuidado. Le pasé la rasqueta, le sobé las cañas; mañana estará descansado y dispuesto a marchar al norte.
LAVALLE: - ¿Qué pasa adelante?
DAMASITA: - El comandante Lacasa y Frías están en las habitaciones del frente. Los soldados en el patio, descansando sobre los recados. LAVALLE: - ¿Cuántos somos?
DAMASITA: - Trece.
LAVALLE: - Maldición. ¡No es posible!
DAMASITA: - Lacasa, Frías, el teniente Alvarez, los ocho hombres de la escolta, usted y yo. El general Pedernera está en los Tapiales, con el resto de la tropa.
LAVALLE: - Doce hombres, entonces.
DAMASITA: - Y yo.
LAVALLE: - Usted no cuenta, Damasita.
DAMASITA: - Si tirara, ¿contaría?
LAVALLE: - No es porque no tira. Es por el número.
DAMASITA: - Enséñeme a disparar.
LAVALLE: - Ya le dije que no. Doce y una, es distinto que trece.
DAMASITA: - Me puede necesitar.
LAVALLE: - No confío en usted.
DAMASITA: - Abandoné todo para seguirlo, y no me confía.
LAVALLE: - (Sarcástico) Es fácil abandonar lo que no se tiene. ¿Por qué vino conmigo?
DAMASITA: - Porque soy empecinada. Tanto como usted.
LAVALLE: - Ah, ¿sí? ¿Y en qué se empecina?
DAMASITA: - En comprender.
LAVALLE: - Abandone el asunto. Ni yo puedo.
DAMASITA: - Usted no quiere comprender, que es distinto.
LAVALLE: - Parece saber mucho sobre mí.
DAMASITA: - Le conviene entretenerse con que el entendimiento no es cosa suya.
LAVALLE: - ¿De dónde sacó esa zoncera?
DAMASITA: - Es algo sencillo. Si usted comprendiera, todo se derrumbaría. Es un precio demasiado alto. ¿Me enseña a tirar?
LAVALLE: - ¡No! Pausa Usted es muy soberbia, Damasita. Y al cabo, no es más que una niñita meona que apañaron demasiado. Tendría que haberle cruzado la cara de un sopapo cuando la conocí. Hubiese escarmentado.
DAMASITA: - Un sopapo, no. Tendría que haberme llevado a Campo Santo con mi hermano, y fusilarme con él.

Damasita y Lavalle sostienen la mirada.

DAMASITA: - ¿Quiere hacerme bajar la mirada?
LAVALLE: - ¿Qué quiere ver en mis ojos? ¿Arrepentimiento?
DAMASITA: - No. Quiero ver el fuego.

Lavalle la agarra del talle y la besa con furia.

LAVALLE: - (Cohibido por la ropa de varón) Sáquese el uniforme.
DAMASITA: - Lo amo, general. Iré con usted adonde sea.
LAVALLE: - Cállese. Nada de eso tiene importancia.

Damasita pasa tras el biombo para cambiarse el uniforme. Se escuchan voces afuera.

LAVALLE: - ¿Qué es lo que pasa?
DAMASITA: - (En off) Son los soldados, pidieron un naipe. Estarán jugando a la pandorga.
LAVALLE: - Que se silencien. No puede haber tanto alboroto.

Lavalle abre el ventanuco e impone su presencia al patio. Se apaga el murmullo. Cierra enérgicamente. Llena la palangana.

LAVALLE: - Láveme, Damasita. Alívieme, que estoy todo llagado.

Damasita sale tras el biombo con un camisón de dormir, se arrodilla frente a él para sacarle las vendas.

LAVALLE: - Despacio. Hágalo despacio.
DAMASITA: - ¿Qué pasa que sus pies no cicatrizan?
LAVALLE: - Mis heridas no cierran. Supuran y supuran. A veces creo que me estoy pudriendo. Así, vivo como parece que estoy, me voy echando a perder.
DAMASITA: - No diga eso, general. Si usted me dejara ponerle unos fomentos con azúcar o tela de araña…
LAVALLE: - (Pone los pies en la palangana) Eso no es para un guerrero. ¿Quiere avergonzarme? No lo va a conseguir.
DAMASITA: - (Comienza a lavarlo) ¿Quiere que llame al general Danel? Él conoce de medicinas.
LAVALLE: - Danel es un carnicero.
DAMASITA: - Pero estas lastimaduras se ven muy mal.
LAVALLE: - No quiero que me toque nadie, sólo usted.
DAMASITA: - Gracias, general.
LAVALLE: - (Ausente) ¿Alguna vez vio carnear un chancho? Dos paisanos lo sostienen de las patas, mientras otro le tantea el pecho, donde está el corazón. Cuando lo encuentra le da una puñalada certera. El chancho primero gruñe, después grita. Grita mucho. La sangre mana como de un surtidor. Se retuerce hasta que finalmente da la última patada… entonces lo cuelgan cabeza abajo. (Pausa). Así se va desangrando… y después lo abren de un tajo y todo el triperío que no se va a usar se revolea lejos, para festín de los cuzcos, de los caranchos, de los jotes…
DAMASITA: - Quiere impresionarme. ¿Piensa que no vi suficientes cabezas pudriéndose al sol?
LAVALLE: - No lo sé.
DAMASITA: - ¿Por qué me cuenta eso?
LAVALLE: - Tal vez porque le dije que Danel es un carnicero… o porque usted quiere aprender a manejar los filos.
DAMASITA: - No quiero manejar la espada. La tercerola, o un pistolón. (Canta suavemente) Por esa calle a lo largo/ la brisa del mar/ juran que me han de matar/ pa´l carnaval/ con un cuchillo de palo/ la brisa del mar/ quién sabe si cortará/ pa´l carnaval…

Lavalle acaricia el pelo de Damasita. Silencio.

LAVALLE: - Siga, Damasita.
DAMASITA: - Es que no sé más que esa copla. Y además me pone triste.
LAVALLE: - Entonces cuénteme algo, niña. Como la otra noche.
DAMASITA: - ¿Quiere distraer el hambre, general? Le cuento la historia del alma en pena que…
LAVALLE: - (Interrumpiéndola) ¿Por qué el diablo se mete en la tabaquera?
DAMASITA: - ¿Cómo dice?
LAVALLE: - La historia del demonio que se cambia en hormiga para esconderse en la tabaquera… ¿Por qué lo hace?
DAMASITA: - Por vanidad. Por pura vanidad. (Se pincha) Ay, trae el pantalón lleno de abrojos. (Le saca los abrojos, sube por sus piernas) Se le han prendido en los valles…

Lavalle la toma por la nuca e intenta acercar la cara de Damasita a su bragueta. Ella grita de dolor.

LAVALLE: - ¿Qué pasa? ¿Un abrojo?
DAMASITA: - Disculpe, general… ayer me hizo doler. Me dio muy fuerte con el talero, acá arriba, en la espalda.

Lavalle la suelta, se tira boca arriba en la cama, decepcionado.

DAMASITA: - Perdone. Se me escapó el grito sin querer…

Damasita le seca los pies delicadamente, se los sube a la cama. Lo arropa con un poncho que alguna vez fue celeste. Apoya los labios en la frente de Lavalle.

DAMASITA: - Debo ponerle un paño fresco.

Lavalle espía dentro de su camisón y toca sus pechos.

LAVALLE: - ¿También le quedaron doliendo?
DAMASITA: - Un poco, sí. No se preocupe. Usted, ahora, es todo lo que tengo.

Lavalle la tira sobre sí y la besa. Apagón.

ESCENA 2.
Lavalle tiene una pesadilla, habla con los ojos abiertos.

LAVALLE: - Venga
Damasita
Que Lavalle le enseña a tirar
A empuñar la tercerola
Pesa
Pero usted tiene el pulso firme
No tiene fiebre y es joven
Si somos trece
Tal vez sí venga la muerte
Lavalle le va a salir al paso
Porque la puerta es maciza
En Famaillá lo miró de cerca
Si lo ve enfermo y vencido no vendrá
Un soldado de San Martín
El héroe de Río Bamba
Entrazado como gaucho pobre
Sombrío
Un pañuelo amarillo
Una pena apagó su luz
La puerta es de cedro
Es gruesa
Vino de Salta
Como usted Damasita
La muerte quiere
La cabeza de Lavalle
En una pica
Los dientes apretados
La frente sudando sangre
Un ojo vacío
Él quiere entregar un saco de huesos
Un despojo
Un corazón chumado de aguardiente
La divisa punzó no quiere
Corcovea
Como potro sin domar

Damasita se acerca

DAMASITA: - Recuérdese, general.
LAVALLE: - El corazón tiene el tamaño de un puño
Pero ella quiere más
Podrá espiar por la cerradura
Cuando Lavalle se acerque
Verá el poncho de vicuña
Y la espalda o el pecho
DAMASITA: - (Le ofrece algo en un jarro) Tome, tome un trago.

Lavalle se exalta progresivamente.

LAVALLE: - Pero la puerta es gruesa
De cedro salteño
Y Lavalle le va a salir al paso
La muerte ríe como una puta
Saca un pañuelo amarillo
Muestra los pechos
DAMASITA: - Déjeme darle un poco, estése quieto.

Lavalle se toma de Damasita con desesperación.

LAVALLE: - Se ordeña leche agria diciendo
Juan Manuel mama de un lado
Juan Galo del otro
Yo los hermané
Rosas es mi hijo dilecto
Lavalle es mi entenado
DAMASITA: - Sosiéguese, general.

Logra darle un trago. Lavalle se estremece, reacciona.

DAMASITA: - Yo también tuve una nodriza. Mi madre sufrió de la matriz y a mí me amamantó una india. Me pasó con la leche los secretos de las plantas y me contó que cuando entre los cerros se escucha un yaraví hay que cerrar los ojos, para poder hablar con los muertos; que hay que hacer un columpio de palo para arrancar almitas del purgatorio; que sus antepasados sacaban de paseo los huesos de los antiguos, en el día de las ánimas, y enlazaban la vida con la muerte igual que la noche con el día…
LAVALLE: - ¿De qué habla?
DAMASITA: - (Dándole otro trago) De mi ama de leche.
LAVALLE: - (Por la bebida) De dónde habrá sacado esto… ¿Qué me pasó?
DAMASITA: - Descansó un rato. Al fin aceptó la tisana de sauce, y la fiebre aflojó.

Damasita vuelve a su silla, cose.

LAVALLE: - ¿Están cantando los gallos?
DAMASITA: - Se confunden en estas noches de luna. No les haga caso. Aún falta para clarear.
LAVALLE: - Tuve un mal sueño… un canto a lo lejos. No eran los gallos.
DAMASITA: - Un yaraví.
LAVALLE: - No me acuerdo.
DAMASITA: - Se entregó. Estaba demasiado atormentado hace un rato. Nadie, por más vencido que se sienta, se deja morir, ¿no cree?
LAVALLE: - Eso yo no lo sé.
DAMASITA: - Hasta los cerdos patean y gritan para que no los gane la muerte. Me lo contó usted.

Lavalle se sienta en la cama.

DAMASITA: - ¿Va a levantarse?
LAVALLE: - Alcánceme la casaca del Regimiento.
DAMASITA: - Sí, mi general.
LAVALLE: - Está aprendiendo a ser obediente. Me complace. En cambio, Lavalle hace lo que quiere. Lavalle puede acusar de espía federal a Mariano Boedo. Lavalle, si quiere, tortura. Lavalle, si quiere, ejecuta a sus prisioneros.

Toma a Damasita de un brazo cuando pasa.

LAVALLE: - Lavalle puede robar, puede violar si le pulsa el deseo en el vientre. Lavalle puede llevarse consigo a la hermana del fusilado.
DAMASITA: - Me hace daño, general. Me va a dejar cardenales.
LAVALLE: - (Viendo lo que lleva en la mano) ¿Qué cose?
DAMASITA: - Una muñequita de trapo.
LAVALLE: - Deje los trapos para los heridos. Ya no tenemos vendas, ni tampoco papel.
DAMASITA: - ¿Para qué quiere papel? Usted no fuma.
LAVALLE: - Un papel para escribir. Quiero mandar una esquela a María de los Dolores.
DAMASITA: - Ah! ¿Ella lo espera, todavía?
LAVALLE: - (Soltándola) ¿Por qué no? Dolores siempre espera. (Por la costura) Deje eso, ahora. ¿Acaso remendó las casacas de los soldados?
DAMASITA: - Todas.
LAVALLE: - ¿Y por qué no dormía, entonces?
DAMASITA: - Lo intenté pero no lo consigo. Estas noches tan claras me afligen el alma. La noche debe ser oscura, no debe confundirse con el día. (Por la muñeca) Me está quedando bonita, con la falda celeste. La hice parecida a Rosa Campusano.
LAVALLE: - ¡Silencio!
DAMASITA: - Si yo hubiese nacido antes, habría sido como ella. ¿No lo cree? Saldría a la madrugada, embozada con mantilla de encaje y me haría llamar “la Negra”.
LAVALLE: - Basta ya. ¿No está un poco crecida para las muñecas?
DAMASITA: - (Avergonzada) Me hacen compañía. Cuando mi tío viajó a Francia trajo un retablo de títeres para Mariano y para mí. Teníamos a Guiñol, su esposa Madelon y un zapatero remendón con cara de borracho. Guiñol llevaba un gorro colorado y una trenza larga, como ésta. Los tres eran enemigos del juez y del gendarme, y las historias siempre terminaban a garrotazos.
LAVALLE: - Parecen federales. Supongo que ganaría el juez.
DAMASITA: - No. Ganaba Guiñol.
LAVALLE: - (Molesto por la respuesta) No confío en los franceses. Pactaron con Rosas a mis espaldas, y nunca me dieron la ayuda prometida.
DAMASITA: - Pero el general Halley lo nombró Mariscal de Francia.
LAVALLE: - ¿Quién dice eso? No lo acepté. Iba en contra de mi honor.
DAMASITA: - (Mueve la muñequita como un títere, cambia la voz) “Queremos ser la nación más favorecida, general Lavalle. Salga del ostracismo, abandone El Vichadero y avance sobre Buenos Aires”.
LAVALLE: - (La mira con dureza) ¿Qué está haciendo?
DAMASITA: - Lo distraigo del dolor. (Corre como una nena, se pone tras la silla) “Es usted, Lavalle, una de las glorias americanas más puras y más bellas. Acepte, general, la gloria que le espera” “Usted, un granadero del ejército de los Andes, el héroe de Moquehuá, debe llevar a buen término esta hazaña… ¿quién sino usted, el elegido?”
LAVALLE: - Traiga esa muñeca para acá.

Damasita esconde la muñeca atrás de su cuerpo. Lavalle sonríe.

LAVALLE: - ¿Está juguetona? ¿Qué quiere obtener de mí?

Damasita permanece inmóvil.

LAVALLE: - ¿Pretende que la corra, mi niñita? ¿Qué le dé con el talero?

Damasita permanece inmóvil.

LAVALLE: - No me haga ir hasta allá. Me arden las úlceras.
DAMASITA: - Si voy, ¿me enseña a disparar?
LAVALLE: - Le he dicho que no. Acérquese.

Damasita permanece inmóvil.

LAVALLE: - No me desobedezca otra vez.
DAMASITA: - Yo debería odiarlo noche y día. A veces, creo que lo consigo. Mi odio es como una mula, sigue adelante, precisa, tozuda. Pero en un renuncio mete el casco en la cornisa y se desbarranca. Y entonces lo amo. Lo amo porque pudo matarme y no lo hizo.
LAVALLE: - (Se transfigura) Tire esa muñeca al piso. Ahora, o lo va a lamentar.

Damasita tira la muñeca. Lavalle se acerca con la espada y de un tajo separa la cabeza del cuerpo.

DAMASITA: - Qué implacable es su espada, general. Y usted se empeña en mostrar que no hay una cabeza que la maneja.
LAVALLE: - Alguien debe hacer el trabajo sucio.
DAMASITA: - ¿Podría haberse negado?

Lavalle se encoge de hombros. Damasita acomoda con disimulo algo en su camisón.

LAVALLE: - No era hora de hacerse preguntas.
DAMASITA: - Usted llegó lejos, mucho más allá que otros. Su ilusión era ser más.
LAVALLE: - No se entiende lo que habla.
DAMASITA: - Ya se lo dije. Es usted el que no quiere entender.
LAVALLE: - Cierre el pico. (Apuntándola con la espada) ¿Qué guarda ahí?
DAMASITA: - Nada.
LAVALLE: - Muéstrelo.
DAMASITA: - Una tontería. Lo hice de aburrida.
LAVALLE: - Hágalo ver de una vez.

Damasita saca de un bolsillo del camisón un muñeco con un pañuelo amarillo en los ojos y las manos enlazadas atrás. Es Manuel Dorrego. Lavalle retrocede.

DAMASITA: - Usted fue amable conmigo. Me recibió cuando fui a pedirle clemencia por mi hermano. Pero al coronel Dorrego lo dejó encerrado en el birlocho, y ni la gracia de mirarlo de frente le concedió.
LAVALLE: - No había nada que hablar. Ya estaba sentenciado. Todos esperaban que yo lo hiciera.
DAMASITA: - Había que cortar la cabeza de la hidra.
LAVALLE: - Había que cortarla.

Se miran en silencio.

LAVALLE: - Usted no sabe de qué habla. Era una criatura en esa época.
DAMASITA: - Una niña meona.
LAVALLE: - ¿Ahora quiere ser mi juez? Otros me empujaron por ese camino, ¡es la anarquía! ¡Dorrego es la anarquía! Yo sólo cumplí órdenes.
DAMASITA: - (Alcanzándole el muñeco) Corte la cabeza, general. Hágalo.

Lavalle toma el muñeco. Damasita se aleja y al hacerlo, una serie de muñecos unidos entre sí, con los ojos vendados y las manos atrás, se despliega y cae de su bolsillo. Damasita rompe a reír.

DAMASITA: - Usted se fusiló a sí mismo, ¿no se dio cuenta? Dorrego se puso la chaqueta de los unitarios. Ni frente al pelotón se privó de hacer una broma.

Repentinamente, Lavalle se avalanza sobre Damasita y la sujeta del pelo.

LAVALLE: - Era diciembre, y en diciembre la pampa hierve hasta cuando cae la oración. Usted nació en medio de los cerros, no sabe nada del horizonte. ¿Conoce acaso el sabor de la chilca? ¿Del trébol de vinagre? ¿Sabe dónde encontrar pasto miel?
DAMASITA: - Claro que no. Y usted tampoco. El que conoce de eso es Rosas.
LAVALLE: - (Le apoya la espada en el cuello) Rosas ya es un fantasma. Pronto desaparecerá y sólo será un mal sueño de tintin y refalosa. Una pesadilla de muerte y de sangre.
DAMASITA: - Insiste en engañarse, general. Usted es más vano que el demonio de la tabaquera.
LAVALLE: - Sabe que puedo matarla.
DAMASITA: - No me matará. No me ha matado.

Lavalle la arroja al piso. Tira lejos de sí la espada, cansado, vencido.

DAMASITA: - Béseme, general. Béseme. No me mire con esos ojos.
LAVALLE: - Está perdida. Y yo con usted.
DAMASITA: - Me necesita. Está solo, general Lavalle. Lo acompaña un puñado de muertos.
LAVALLE: - ¿Por qué me sigue provocando?
DAMASITA: - Soy su mujer ahora. Sólo deseo su bien. La muerte lo miró con sorpresa en Famaillá porque lo está esperando aquí.
LAVALLE: - No es cierto lo que dice.
DAMASITA: - ¿Se olvida que yo escucho a los difuntos? Me lo enseñó mi aya. Usted deliraba cuando se oyó el yaraví. Yo cerré los ojos, y los muertos me hablaron.
LAVALLE: - (Desesperado) Me quiere confundir, me enreda con sus palabras como los doctos. ¡Yo soy sólo la espada!
DAMASITA: - Usted es la espada y la cabeza. Juró vencer, o quedar tendido. En Jujuy será.
LAVALLE: - (A gritos) No sólo muerte llevo a cuestas; ¡también tengo la sangre de Río Bamba y Pichincha!

Lavalle comprende que es el fin. Se recompone rápidamente.

LAVALLE: - Le pedí mi uniforme. ¿Acaso está sorda?

Damasita busca el uniforme en un arcón, lo asiste para vestirse.

LAVALLE: - Chaleco blanco Casaca larga, tipo fraque, de paño azul y peto acolchado, con cuello carmesí. Botones de bronce con la inscripción "Provincias Unidas del Río de La Plata, Granaderos a Caballo". Cartera portapliegos. (Saca papeles de la cartera) Guarde estas cartas. Algún día servirán.
DAMASITA: - (Guardándolas en el pecho) Sí, mi general.
LAVALLE: - Casco alto forrado de azul. Penacho verde…
DAMASITA: - No lo tenemos más, se perdió en una estampida.

Damasita pone en sus manos una pistola.

DAMASITA: - No se ponga las botas. Sus pies…
LAVALLE: - Acerque un espejo. Uno que me haga grande. Inmenso. Estoy enfermo, mi niña. Estoy enfermo de pequeñez.

Damasita acerca un espejo. Le abriga el cuello con un poncho de vicuña.

LAVALLE: - Hábleme de los muertos, Damasita. Hábleme de mí.
DAMASITA: - Escúchelos.

Lo besa en la boca. Se escuchan los cascos de unos caballos al paso y los gallos cantando.

LAVALLE: - Ya están cantando los gallos. Esta vez es de verdad.
DAMASITA: - ¿Tan pronto? Enséñeme a tirar, general. Enséñeme a tirar.

Lavalle muestra el arma. Se escuchan fuertes golpes en la puerta de calle y un “¿Quién vive?”. Ambos miran hacia la puerta de la habitación.
Apagón. Simultáneamente, el disparo.



[1] La espada y la cabeza formó parte del ciclo El Teatro y La Historia, organizado por Lito Cruz y realizado en la ciudad de La Plata en el año 2007. Con dirección de Gustavo Vallejos.