miércoles, 16 de mayo de 2007

SI VAS A COMER, ESPERA POR VIRGILIO

Autor: José Milián

PERSONAJES:
VIRGILIO
PEPE
ELLA

escena 1
Un espacio cerrado por columnas de luces. Una mesa al centro, vestida con un mantel blanco y elegante. Pepe va y viene, dando vuel­­­tas alrededor de la mesa, pensando, planificando, estudiando. Evidentemente se prepara para recibir a Virgilio.

PEPE: Para Virgilio, frijoles negros, arroz blanco. (Continúa con sus movimientos.) Para Virgilio, ensalada de aguacates, en cuadritos con sal y vinagre. (El mismo juego.) Para Virgilio, picadillo criollo, no a caballo, que eso es un invento defor­man­te. Picadillo criollo con papas fritas dentro. (El mismo juego.) ¿Yuca con mojo? ¿O boniato frito? Para Virgilio las dos cosas. (Pausa.) ¿Cerveza? No. Para Virgilio, vino blanco. ¿Qué más? ¿Qué más? ¡Ah! Me faltaban los platanitos maduros fritos. (Pausa.) ¿Yuca, boniato y platanitos? Creo que es exagerado. Realmente soy pésimo en la cocina. Solamente hago una cosa así, por él. (El mismo juego.) Ya lo dijo Rolando Ferrer, esto es casi una función homenaje. Está bien el sacrificio. Virgilio sabrá perdonarme los errores. (Pausa.) ¡Quizás debí hacer una sopa! ¿Sopa para Virgilio? No creo. ¡Coño, no he puesto un postre! (Pausa.) Ya sé, para Virgilio, arroz con leche.

Aparece Virgilio. Lo mira y sonríe. Después avanza con pasos cortos. Lleva un libro en la mano.

VIRGILIO: ¿Por qué mientes?
PEPE: ¡Maestro!
VIRGILIO: No me digas así, que no te lo creo. Te pregunté, fíjate bien, en correcto español. ¿Por qué mientes?
PEPE: (Nervioso.) ¿Miento? ¿Estoy mintiendo?
VIRGILIO: Sí. ¿Por qué?
PEPE: No comprendo.
VIRGILIO: Nunca me invitaste a comer. Nunca estuve en tu casa. Nunca cocinaste para mí.
PEPE: (Nervioso.) Bueno... eso es una metáfora teatral, de la que ya no podemos escapar ni tú ni yo...
VIRGILIO: Comíamos juntos, pero en una cafetería. ¿Te parece vulgar la Cafetería del Capri?
PEPE: No me parece un lugar muy teatral.
VIRGILIO: ¡Frijoles negros! ¡Yuca con mojo! ¡Boniato frito! Picadillo... ¿De dónde sacaste que esto tiene que ver conmigo?
PEPE: Porque es lo criollo, lo cubano...
VIRGILIO: Te lo diré de esta forma, no soy criollo en la medida que la yuca con mojo lo sea. Y ahora no adoptes esa postura de mártir cristiano, porque te diga unas cuantas verdades en la cara; porque a eso vine.
PEPE: ¿Y no vamos a comer?
VIRGILIO: ¿Y quién dijo que no? Decir la verdad me abre el apetito. Claro que comeremos y te cantaré las cuarentas. Pero hablaremos con la verdad en la mano. Estamos aquí, en esta cafetería que nos resuelve el problema a los dos. Con las colas, los turnos ratificados, con las cinco de la mañana de ventaja para marcar... ¡Sólo la verdad! (Pausa.) ¿Y qué comíamos? ¿Yuca con mojo? Nada de eso. Puré San Germán. Coditos o spaguettis. ¡Eso! Y si vas a comer, espera por mí, por Virgilio.
PEPE: (Invitándolo a sentarse en la mesa.) ¡Un escándalo!
VIRGILIO: Un escándalo. Hasta Pepe Feo insiste en eso. ¿Y qué?
PEPE: (Sentándose.) Yo no quería que lo fuera. Siempre te he admirado.
VIRGILIO: ¡Un momento! Te dije que sólo la verdad. ¿Vas a hacer el papel del matancero ausente?
PEPE: Tú también lo eres.
VIRGILIO: Mi hijito... la verdad. La verdad es corrosiva, ero­sionante, dilapidante... pero necesaria.
PEPE: ¿Pero no lo eres?
VIRGILIO: Deja a la infeliz Atenas descansar en paz. Sí, lo soy, pero estábamos hablando de ti. Y del escándalo. O sea, del escándalo que era para los demás y que en realidad no era.
PEPE: ¿Te sirvo?
VIRGILIO: No estoy manco. ¿Sabes una cosa? Me molesta cierto aire de conquistador trasnochado que intentas actuar. La Habana a tus pies. ¿Quién la tiene a sus pies? Y además, en esa posición, ¿para qué te sirve?
PEPE: No, Virgilio, no vine a conquistarla. Vine huyendo.
VIRGILIO: ¿Huyendo? Eso está mejor. ¿De qué? ¿De tu infancia? ¿De ti mismo?
PEPE: De mi infancia.
VIRGILIO: Si eso es verdad, mala cosa. Porque ella te perseguirá siempre. ¿Y seguirás huyendo? ¿A dónde vas a parar? ¿A Miami?
PEPE: Eso nunca.
VIRGILIO: A mí no tienes que mentirme. No soy del Aparato.
PEPE: No te miento.
VIRGILIO: Ni soy censor.
PEPE: No te miento.
VIRGILIO: Sí me mientes.
PEPE: No, carajo, no te miento.
VIRGILIO: Todo buen hijo de esta tierra buscará la teta de su madre y estará mamando hasta la vejez.
PEPE: No fui un buen hijo. No tuve tiempo de serlo.
VIRGILIO: Bien, podemos aceptarlo. ¿Y para qué huir de la infancia? ¿Por qué no seguir jugando nuestros juegos infantiles de la adultez? Yo siempre vuelvo a ellos, no como Carpen­tier a la semilla; son mis juegos infantiles de adultos.
PEPE: Mejor comemos.
VIRGILIO: Está bien, comamos para reponer las energías necesarias para seguir adelante. (Pausa.) ¡Qué horror! Estoy hablando en consigna, eso se pega.
Se hace un silencio. Parece que comen. Se miran.

VIRGILIO: Algo de música no vendría mal.
PEPE: Como en tu obra.
VIRGILIO: ¿Qué obra?
PEPE: El flaco y el gordo.
VIRGILIO: Pero si cuando esa obra se estreno tú no estabas en La Habana. Ni sabes si tenía música o no.
PEPE: Quise decir... la situación. Nosotros dos, comer.
VIRGILIO: Pero es que nosotros somos dos flacos hambrientos. ¿Dónde esta el gordo?
PEPE: Me estás agrediendo.
VIRGILIO: ¡Ah! Tengo motivos.
PEPE: Yo no te los doy.
VIRGILIO: Sí, tú mismo. Pero todo en su momento. Primero comamos. (Silencio. Se escucha a Raphael cantando “Yo soy aquel”. Golpeando la mesa.) ¡Detengan esa cosa! Se ha convertido en el Himno Nacional. Lo ponen a todas horas, por todas las estaciones ... ¡Hasta por Reloj Radio! ¡Es el colmo que a las cinco de la mañana Raphael me grite desde España que él es aquél! Y si lo sigo escuchando hasta yo me convertiré en aquél. (Enfurecido declama.)
No estoy aquí para decirte
que estoy aquí para adorarte
estoy aquí para decirte
que yo soy tu alucinado.
PEPE: ¿Lo escribiste?
VIRGILIO: Claro. No voy a citar a Lezama, se me sobran las ideas.
Silencio. Es como si comieran. Se miran.

VIRGILIO: ¿Quién tiene más miedo de los dos?
PEPE: Quizás yo.
VIRGILIO: ¿ Y de qué tienes miedo?
PEPE: A lo mejor es miedo de no llegar nunca al objetivo...
VIRGILIO: ¿Viene de afuera?
PEPE: Sí. Tengo miedo de que algo tronche mi carrera y no saber qué hacer con mi vida.
VIRGILIO: Escribe. No pares de escribir. Mientras tengas algo que decir. Por eso yo no me detengo.
PEPE: Claro, escribo. Pero el teatro tiene que representarse.
VIRGILIO: Limitaciones tuyas. Yo represento para mis amigos. Les leo todo lo que escribo. Lo que no publico, lo represento. Mis cuentos, mis poemas. ¿No viste mi recital? ¿Dime que no soy un buen actor?
PEPE: Sí, estabas bien.
VIRGILIO: Así nada más. ¿No viste cómo me aplaudieron?
PEPE: Sí, lo vi.
VIRGILIO: El éxito de la noche fue Solicitud de canonización de Rosa Cagi.
PEPE: Claro, tú tienes un humor especial. Y cuando te arrodillaste...
VIRGILIO: El teatro se vino abajo. Y eso te da envidia. Confiesa.
PEPE: Claro que no. Virgilio, yo soy tu amigo. ¿Por qué envidia? Yo siempre digo que para mí eres el padre del Teatro Cubano...
VIRGILIO: Suena adulador, pero me gusta. (Pausa.) ¿De verdad lo crees?
PEPE: De verdad. Siempre te he visto como algo tan inalcanzable.
VIRGILIO: (Sonríe.) Pues yo sí siento envidia. Y ese es el mayor problema en este mundo del arte. El que esté apurado por llegar y su talento no le basta, necesita eliminar obstáculos. La envidia, mi querido Pepe, se viste como Salieri de benefac­­tora y es muy difícil descubrirla detrás de un simple apretón de manos.
PEPE: La envidia también se viste de oportunista para encontrar tu más pequeña debilidad...
VIRGILIO: Mi debilidad mayor es...
PEPE: ¡No me lo digas!
VIRGILIO: ¿Y por qué no? ¿Eres envidioso? ¿O eres oportunista?
PEPE: No creo, no me siento así... ¡No sé si estoy apurado por llegar! Al menos nunca he acusado a otro. ¡Y quién me va a hacer caso!
VIRGILIO: ¡La canasta! ¡Me encanta jugar canasta! (Pausa.) Hay quién ve ese juego como ideológicamente negativo.
PEPE: Era un juego de viejas burguesas.
VIRGILIO: ¿Y ese juego puede destruir un gobierno?
PEPE: ¿Y esa es tu mayor debilidad?
VIRGILIO: Tengo otras innom­brables.
PEPE: Nombra otra.
VIRGILIO: La fragilidad. Pero, mi querido, eso sólo la muestro ante algunos amigos. Desde niño aprendí que era necesario disimularla.
PEPE: Pero estamos jugando a la verdad.
VIRGILIO: Y por esto te digo que te envidio. (Pepe se ríe.) Pero no tu talento, porque eso me sobra. Lo que envidio es tu juventud. Porque con mi talento y con tu edad... ¡Haría mil cosas!
PEPE: No quiero que me envidies. Pero si es sólo por la edad...
VIRGILIO: No te amilanes. Yo reconozco el tuyo, pero tengo el mío.
PEPE: Claro (Pausa.) Un escándalo.
VIRGILIO: ¿También le tienes miedo al escándalo?
PEPE: Sí.
VIRGILIO: Si oyeras todo lo que Pepe Feo dice de nosotros. Lo que especula. ¡La fanfarria que arma!
PEPE: Supongo que tenga lógica. Quizás parece que no tenemos mucho en común.
VIRGILIO: Hablando en consignas, estamos por la misma causa. El teatro. ¿Te parece poco? Claro, tú estás empezando (Se pone de pie y da pasitos nerviosos.) ¡Tanto alboroto porque un viejo como yo y un jovencito como tú, se llevan bien...! ¡Es exagerado!
PEPE: Tengo la sensación de que hacemos algo indebido.
VIRGILIO: ¿Comer? ¿Vernos todos lo días para comer? ¿Pasar un rato juntos? Comer por las noches... ¿Es la noche? ¿Qué es la noche? Un insulto perfumado en la mejilla de la bestia... ¿Cuál es el puñetero escándalo?
PEPE: No te alteres. Estamos comiendo.
VIRGILIO: A pesar de mis años, no padezco de presión. ¿Qué somos? Dos generaciones que se encuentran para comunicarse.
PEPE: ¡Qué se yo! Los dos comemos aquí por necesidad.
VIRGILIO: ¡No seas prosaico!
PEPE: Pero es cierto, nos hacemos compañía, por que los dos estamos solos.
VIRGILIO: (Molesto.) ¡Tú estás solo! Yo tengo familia.
PEPE: ¿Y por qué vienes aquí todos los días?

Silencio. Virgilio termina sus paseos y se sienta en la mesa.

VIRGILIO: Ya te dije que vine a cantarte las cuarenta. Pero no como Rolando La Serie. ¡En serio!
PEPE: ¿Qué te hice?
VIRGILIO: Todo en su momento. Este es el de comer. ¿Qué hay de postre?
PEPE: Probablemente mermelada de frutabomba sin queso.
VIRGILIO: ¿Sin queso? Adiós felicidad, casi no te conocí. Mírate ya sin ojos y levanta tu losa. Ya no sé qué es peor.
PEPE: Al menos encontramos algo de comer... y siempre podemos disfrutar de estos encuentros.
VIRGILIO: ¡Conformismo! Se está convirtiendo en una virtud. ¡Pelo­tón atención! ¡Conformes! ¡Pre­paren! ¡Apunten! ¡Con­formes! ¡Fuego! Acabamos de fusilar al queso amarillo, al queso blanco, al queso crema, al queso proceso...
PEPE: Y quizá pronto fusilaremos la frutabomba.
VIRGILIO: Pero alguien desde lo más profundo nos gritará.… ¡Les queda el boniatillo! (Pausa.) ¡Conformes!

Silencio. Se miran.

VIRGILIO: No creas que no me he dado cuenta, no has comido.
PEPE: Sí he comido.
VIRGILIO: No, mi hijito, no has comido. Y con lo flaco que estás, no me parece oportuno renunciar a algo de proteínas. Alimenta ese cerebro, que no basta con la literatura.
PEPE: Virgilio, ¿qué te hice? ¿Por qué la agresividad?
VIRGILIO: Traicionarme.
PEPE: ¿Por qué dices eso? Te juro que no te he traicionado.
VIRGILIO: No, ahora no. Tengo que comer. Después hablamos de eso. (Saca el libro y se lo entrega.) To­­­­­ma, es para ti. Aún no ha salido en venta. Tú eres de los primeros...
PEPE: Te agradezco que hayas pensado en mí. No me lo esperaba.
VIRGILIO: ¿Qué me publicaran un libro?
PEPE: El regalo.
VIRGILIO: ¿Y por qué tienes que ser tan formal?
PEPE: ¿No debo?
VIRGILIO: Agradécelo, pero no seas formal. No pareces el mismo que ha escrito esas obritas... tan... tan... Con tantas malas palabras, con palomas asesinadas, para que Josefina haga sopa después, con humo, por poco a Servando le da un infarto por tu culpa... ¿Epatar?
PEPE: ¿Tú crees eso?
VIRGILIO: ¿Llamar la atención? ¡Estoy aquí, mundo cruel! ¡Parece un tango!
PEPE: ¿Eso piensas de mí?
VIRGILIO: ¡Aquí estoy! ¡Voy a hacer lo que nadie ha hecho! Entonces todos tendrán que hablar de mí.
PEPE: Virgilio, ¡No puedo creer que tú pienses así de mí! ¿Y me hablas de traición? ¿Y qué es esto?
VIRGILIO: ¿Ya leíste la dedica­toria?
PEPE: “Con toda mi admiración y afecto, Virgilio.”
VIRGILIO: ¿Y bien?
PEPE: ¿Y bien?
VIRGILIO: Algo es algo, en medio de este espectáculo inconcluso.
PEPE: Eso creo. (Contempla el libro.)
VIRGILIO: No veo mucho entusiasmo.
PEPE: Con lo que me has dicho, me has preocupado.
VIRGILIO: Claro, preocúpate. (Come.)

escena dos
Entra una mujer de aspecto anti­cuado. Va directo a la mesa supervisando, observando cuidadosamente.

ELLA: (A Virgilio.) ¡Un momento! ¿Usted ya está comiendo?
VIRGILIO: (Sin mirarla.) Claro que estoy comiendo.
ELLA: ¿Y el jovencito?
VIRGILIO: Tiene un ataque de arrepentimiento, pero ya comerá.
ELLA: Pero ustedes no pueden estar comiendo.
VIRGILIO: ¿Por orientación del Sindicato?
ELLA: Porque usted marcó detrás de mí en la cola.
VIRGILIO: ¿Y?
ELLA: Que yo tenía que entrar antes que ustedes y todavía estoy afuera.
VIRGILIO: ¿Quiere decir que nos colamos?
ELLA: Eso mismo.
VIRGILIO: Entonces corra, vaya a denunciarnos.
PEPE: Mire, compañera, llamaron dos para la cancha y usted estaba esperando para las mesas.
ELLA: Yo también hubiera venido para la cancha.
VIRGILIO: ¿Aunque hubiera sido una cancha de tenis?
ELLA: Si yo estoy delante de ustedes, lo lógico es que yo coma primero.
VIRGILIO: Lo único que se va a perder es el queso, que se acabó.
ELLA: ¡Y le parece poco que se haya acabado el queso!
VIRGILIO: Tampoco lo alcanzamos. O sea, yo, porque él no ha comido todavía.
ELLA: Pero me tocaba a mí.
VIRGILIO: Y después decimos que el teatro del absurdo es una moda europea, que nada tiene que ver con nosotros.
PEPE: Compañera, ya no tiene remedio.
ELLA: Yo no soy compañera de ustedes. ¡Y mucho menos si pasaron por delante de mí!
VIRGILIO: Ya lo dijo, señora. Íbamos detrás y pasamos delante. No por nuestro gusto, sino por lo de la cancha. ¿De qué nos acusa?
ELLA: De romper la cola establecida.
PEPE: Está bien, somos culpables. ¿Quiere comerse mi comida?
ELLA: ¡Pues claro que no! Quiero la que me pertenece.
VIRGILIO: (Comienza a moverse con pasos cortos alrededor de la mesa.) Ya se lo hemos explicado, señora que no quiere ser compañera. Ya le dimos razones. ¿Está satisfecha? ¡Inútil pregun­tarlo! No lo está. Nos hicimos una autocrítica, pero a usted no le basta. ¿Qué es lo que quiere entonces? ¿Paredón? ¿Ahor­­camiento? ¿Muerte por asfixia? ¿Qué nos expulsen del país? ¿Sangre? ¿Quiere sangre como Anna Magnani en La Rosa Tatuada?
ELLA: (Mirándolos extrañada.) Ustedes... ustedes son... son...
VIRGILIO: ¡Ya salió aquello!
ELLA: ¿Son... artistas...?
PEPE: Escritores.
ELLA: ¿Y comen aquí?
VIRGILIO: Sí, los escritores comemos en la cancha.
ELLA: ¿Pero aquí?
VIRGILIO: Aquí o allá es lo mismo. Todos somos iguales, de no ser así, no tendríamos ese maravilloso privilegio de verla a usted discutiendo su prioridad en el Puré San Germán.
ELLA: ¿Y publican libros?
PEPE: Él publica libros. Yo escribo teatro, pero nunca publico.
ELLA: ¿Qué libros publica?
PEPE: De teatro, cuentos, novelas, poesías, artículos periodísticos.
ELLA: El que mucho abarca... (Pausa.) Está bien, pero a mí me tocaba entrar antes que ustedes.
VIRGILIO: Le voy a explicar algo. La paciencia no es precisamente mi mayor virtud. Yo me levanto todos los días a las cinco de la mañana. Estoy seguro de que a esa hora, usted todavía duerme sus teleno­velas. Bien, escribo un poco, tenga o no tenga inspiración, escribo. Lo hago para ejercitar mi mente, o sea, para pulir el instrumento. Después de tomar café, vengo a este lugar a marcar en la cola, para comer en la noche. Siempre que vengo a marcar me asalta la duda de si tendré hambre o no a la hora de la comida, o si este lugar estará en pie a esa hora, o si estaremos en este mundo o haciendo cola para el otro. A esa hora, siempre hay dos o tres viejos que duermen aquí, para tener los primeros pues­tos. O sea, que no tienen otra preo­cupación que marcar en la cola. Marco y espero al que va a ir detrás de mí. ¿Comprende? ¿Escucha? Eso lo hago día por día. Y después de este ritual lo que me interesa es comer. No sé si delante ó detrás de usted. Lo que mas anhelo en la vida es poder entrar a comer. Y lo he hecho tantas veces que ya no puedo recordar si la cara qué marcó detrás o delante de mí, es la de ayer o la de hoy. ¿Está claro?
PEPE: ¿Quiere comerse mi comida?
VIRGILIO: No se la ofrezca más. A ella esa comida no le pertenece. Esta comida es el fruto de mi temperamento madrugador. Y ya le dije que me da igual si va delante o detrás de mí, porque no recuerdo su cara. O mejor dicho, su cara me parece la misma de la señora de ayer o de la señora de mañana.

Virgilio se sienta y come relajadamente.

PEPE: (Llevando a ella a un lado) Es una personalidad en este país.
ELLA: ¿Y qué me dice? A nadie le gusta que se le cuelen delante, ni las personalidades.
PEPE: Él no se ha colado.
ELLA: ¿Entonces fuiste tú?
PEPE: Tampoco. Aquí segura­mente hay una confusión. (Le muestra el libro.) Mire, él es el autor de este libro.
ELLA: Está bien, pero eso no le da derecho...
PEPE: ¿Sabe una cosa? Esta agotando mi paciencia.
ELLA: Es muy cómodo decir eso con la barriga llena.
PEPE: Yo no he comido.
ELLA: Yo tampoco.
PEPE: Estamos iguales.
ELLA: Iguales no. La suya está servida.
PEPE: ¿Y qué es lo que quiere hacer?
ELLA: Dejar constancia de que ustedes se colaron. (Se va furiosa.)

escena 3
Virgilio come serenamente. Pepe se acerca a la mesa.

VIRGILIO: ¿Terminó ese laberi­n­tico choque con la realidad?
PEPE: Espero que sí.
VIRGILIO: ¿Entonces estas preparado ya para oír unas cuantas verdades?
PEPE: Virgilio, ¿qué te hice? He notado tu agresividad a pesar del libro.
VIRGILIO: Creo que has estado a punto de hacerlo, pero afortunadamente lo he impedido.
PEPE: Está bien. ¿Qué es?
VIRGILIO: Nadie habla como escribe. Voy al grano. ¿Cuál es tu relación con el tal E. Pérez?
PEPE: Somos amigos.
VIRGILIO: ¿Y desde cuándo él es director?
PEPE: Está empezando a hacer sus cosas.
VIRGILIO: ¡Pero no es director! ¿Qué es lo que ha hecho?
PEPE: Nada relevante, pero tiene posibilidades.
VIRGILIO: ¿Y yo estoy pasado de moda?
PEPE: Pero claro que no.
VIRGILIO: ¿Yo soy lo viejo?
PEPE: No, Virgilio, no es eso...
VIRGILIO: ¿Entonces qué es esa locura de lo viejo y lo nuevo?
PEPE: ¡Una tontería! Pienso que es sólo una idea...
VIRGILIO: ¿Tontería? Un país que se la pasa transformando lo viejo por lo nuevo...¿Es qué te parezco transformable?
PEPE: Todos lo somos. ¡Pero esa no es la intención! Él tuvo esa idea, y me la consultó a ver si yo estaba de acuerdo en representar mi parte.
VIRGILIO: Y dijiste que sí.
PEPE: Porque no vi mala intención en eso. Porque no me pareció ni discriminatoria, ni ofensiva...
VIRGILIO: ¡Oportunista!
PEPE: No es justo que me digas eso.
VIRGILIO: Pues me lo parece. ¿Quién es E. Pérez? ¿Por qué se le ocurre esa idea conmigo? Yo dirijo mis propios espectáculos. ¡Yo me los monto! Y por cierto que el último me quedo muy bien. Y la Doña me prestó su teatro. Yo no necesito ningún E. Pérez que quiera lucirse usando mi nombre.
PEPE: El pensó...
VIRGILIO: ¿Y cómo lo sabes?
PEPE: Me habló de eso.
VIRGILIO: Lo viejo y lo nuevo. ¿Y tú eres lo nuevo?
PEPE: Virgilio, en fin, la idea no es mía... ¡Yo no tengo la culpa!
VIRGILIO: Tienes la triste culpabilidad del sí que pudo ser un no. Un no, no lo hago. Un no soy lo nuevo Virgilio no es lo viejo. ¡Es que cuesta tanto decir un no!
PEPE: ¡No lo dije! Pero tampoco pensé que decir sí sería tan catastrófico. Pero además... yo le dije que lo consultara contigo.
VIRGILIO: ¡Y me lo consultó! Y le dije el más sonoro no de la historia. ¡A mí no me atemoriza el no! A veces hay que temerle más al sí.
PEPE: Entonces perdóname.
VIRGILIO. Claro que no te perdono. ¡Ah! Y no me vengas con la historia del Padre del Teatro Cubano, que no soy padre de nada. Soy un joven autor de más de cincuenta, pero tan joven como tú, mi querido Pepe. Ustedes porque están en los veinte miran todo lo que les rodea pensando que es viejo.
PEPE: Pero tampoco lo viejo es tan ofensivo...
VIRGILIO: ¡Tu madre matancera!
PEPE: Ni que lo viejo sea caduco.
VIRGILIO: Lo dijiste. Lo pensaste. Y por eso aceptaste estar en ese es­pectáculo. Tú, sentado al lado mío en el escenario, y yo probablemente sentado en una coma­drita para acentuar mi antigüedad.
PEPE: ¡No pensé en eso!
VIRGILIO: ¡Ah, no! ¿Y tú en qué te ibas a sentar para dar la juventud? ¿En una computadora? (Pepe se ríe.) ¡Al lado mío! ¡Igualón! ¡Al lado mío! ¡Ve a que te limpien, que estás de huevo!

Virgilio se va con pasos cortos. Pepe se sienta, deprimido. Comienza a comer.

escena 4

PEPE: (Revisando los platos en la mesa.) ¡Para Virgilio... frijoles negros! Arroz blanco. (Pausa.) Para Virgilio, ensalada de aguacates en cuadritos, con vinagre y sal. Picadillo criollo, con papitas. (Pausa.) ¡Yuca con mojo! ¡Que escándalo! Menos mal que no hablamos de amores.
Entra Virgilio súbitamente.

VIRGILIO: ¡Y se me olvidó decirte que mañana te quedarás sin comer! No pienso marcar en la cola de esta porquería de fonducha que ha hecho una apología del Puré San Germán.

Vuelve a salir.

PEPE: (Toma el libro en sus manos.) La vida entera. ¡Dios mío! Siempre fuiste mi personaje inolvidable, como en las Selecciones. ¿Y si vuelve a entrar de golpe y me quita el libro? (Pausa.) No, mañana me volverá a llamar y me dirá que marco detrás de la señora del vestido de flores, que tiene el pelo rojo y que se parece a María Félix, pero más gorda. Y entonces volveremos a comer juntos y yo lo escucharé hablar de arte y oiré sus quejas. ¡Y me hablará de ese miedo que lo persigue! (Rodea la mesa, revisando los detalles. Pasando la mano por el mantel, cambiando algo de lugar.) ¿Y si no viene más? (Pausa.) Entonces... aquí yace la que fue una gran amistad, muerta por un enfrentamiento de generaciones. (Pausa.) Nunca creí en eso. Más bien diría, devorado por Virgi­lio. ¡Asimilado por Virgilio! ¡Transformado por Virgilio... hasta ser Virgilio! (Pausa.) ¡Ya es tarde! Entonces no vendrá. (Camina silencioso alrededor de la mesa. Finalmente se sienta) Creo que esta vez va en serio. ¡Él tiene razón! Por mi culpa, por mi culpa!

Comienza a oscurecerse el escenario.

escena 5
La luz sube en intensidad y entra ella que va directamente hasta Pepe.

ELLA: ¿Ya va a comer?
PEPE: No, por favor. Hoy no estoy de ánimo para esa historia que yo estaba primero.
ELLA: Despreocúpese, jovencito. Hoy yo estoy primero. Y para que lo sepa... ¡comí en la cancha! Es vulgar, pero más rápido. En definitiva, esas cosas hoy en día carecen de significado.
PEPE: ¿Entonces ya comió?
ELLA: ¿No ve la cara de satisfacción que tengo?
PEPE: La veo.
ELLA: Le preguntaba, jovencito, si iba a comer ya, porque me extraño verlo solo. ¿Hoy no va a esperar por su amigo?
PEPE: Parece que hoy no vendrá.
ELLA: Es extraño.
PEPE. No me llamó y no ha venido.
ELLA: Pero él marcó, justamente detrás de mí, para dos personas.
PEPE: ¿Hoy?
ELLA: Hoy. Seguramente está por llegar.

Aparece Virgilio.

ELLA: ¡Lo ve!

escena 6
Virgilio avanza rápido hacia la mesa y se sienta.

ELLA: Ya pueden comer en paz. ¡Ah! Se acabó la crema de queso. ¡Buen provecho!
VIRGILIO: Gracias. Si no fuera por sus airadas discusiones sobre el lugar que ocupa en la cola, yo diría que verla tan a menudo resulta placentero.
ELLA: Pida el puré San Germán, está bueno. (Se va.)
VIRGILIO: Parece un personaje tuyo, me recuerda La Reina de Bachiche.
PEPE: Si te pregunto algo...¿no te molestas?
VIRGILIO: Claro que no.
PEPE: ¿Estoy perdonado?
VIRGILIO: No.

Silencio, comienzan a comer.

VIRGILIO: ¿No esperabas eso, Pepe?
PEPE: No.

Silencio.

VIRGILIO: No te perdono... pero tuve miedo.
PEPE. ¿De perder la amistad?
VIRGILIO: No.
PEPE: ¡Ah!
VIRGILIO: De tener que comer solo. (Silencio. Pepe deja de comer.) ¡Pero serás cretino! ¿Crees que alguien como yo tendría miedo realmente de comer solo?
PEPE: Fuiste muy convincente.
VIRGILIO: Eso es para que no pongas en duda que soy un actor nato. ¡Además de que me gusta! Pero claro ... con un físico limitado. Nunca podría ser un Romeo, ni un Otelo. (Pausa.) ¿Un guajiro de monte adentro? ¡De eso nada!
PEPE: Deja que se enteren de que te gustaría actuar.
VIRGILIO: ¡Mis personajes!
PEPE: Serías muy gracioso.
VIRGILIO: ¡Sólo gracioso! ¡Estaría genial! (Pausa.) ¿No ves que me paso la vida entera actuando?

Silencio. Los dos se miran. A lo lejos se escucha música de una conga de carnaval que pasa.

VIRGILIO: ¿No vas al carnaval?
PEPE: Daré una vuelta, para ver... Para mí no se llama carnaval, sino caminar, es lo que hago. Voy y vengo.
VIRGILIO: ¿Sabes una cosa, matan­cero ausente? Tengo miedo.
PEPE: Lo sé. Yo también.
VIRGILIO: Pero el miedo a mi edad es terrible...
PEPE: ¿Miedo de qué?
VIRGILIO: Tengo miedo a ser devorado por el miedo. Estaba escribiendo y él se me sentó delante.
PEPE: ¿Quién?
VIRGILIO: El autocensor. Hace mucho tiempo que lo había olvidado. Pero hoy se me instaló delante. ¡Fue horrendo! ¡Mucho más horrendo que comerse esa crema de queso que preparan aquí! No podía teclear. Siempre lo había vencido. Pero hoy... hoy... (Pausa.) ¿Sabes que salí el trabajador más destacado de mi departamento?
PEPE: Entonces te felicito.
VIRGILIO: (Lo mira detenidamente.) ¿De verdad?
PEPE. ¡De verdad!
VIRGILIO: Pues eso aumenta mi miedo. ¿Cómo haré siendo destacado en el exilio?
PEPE: (Bajando la voz asustado.) ¿En el exilio?
VIRGILIO: Chico, así le digo a mi departamento. Haciendo prólogos y traducciones, pero alejado del movimiento teatral. ¡No me dirás que es como el exilio! Estás... pero no estás. (Pausa.) Pero también tengo miedo de que lleguen hasta allí.
PEPE: ¿Pero quiénes?
VIRGILIO: Los que dicen esto no, esto sí. Que lleguen hasta allí y me digan: ¡Fuera! Y yo no quiero estar fuera. Quiero ser parte, formar parte. ¿Y si me encuentran un defecto? Con esa nariz... no se puede estar. ¡Fuera! (Pausa.)
PEPE: Eso podría sucederme a mí también.
VIRGILIO: ¿Y quién dice que no? Pero tú, mi querido Pepe, tienes juventud para volver a empezar. Yo no tengo mucho tiempo. Yo quiero que cuenten conmigo. Quiero estar. Quiero verme en los guajiros que pinta Servando. En los monstruos de Antonia. En las coreografías de Ramiro. En la verborrea de Lezama. En las tumbadoras del Pello. En las obras de Antón. En los cuentos de Pepe. Quiero verme reflejado en las guitarras de Leo, Pablo y Silvio. En los boleros de Marta. En los Carnavales del Malecón. En el teatro que me prestó la Doña. En los conciertos del Amadeo. En Veró­nica Lynn. En la Cafetería del Capri. En las salitas teatrales, en Arlequín, en Talía, en Idal, en Prometeo, en Las Máscaras. En la Moderna Poesía. En L y 23. ¡Hasta en los discursos! Pero lo que no quiero es estar al margen. No quiero ser una cosa muerta. ¡Que se me tenga en cuenta! No quiero ser un trabajador destacado en el esquema de ese departamento. Quiero ser un héroe del trabajo con la proeza laboral de una obra y con todos los méritos de las ovaciones y los aplausos, en este mara­tón teatral en el que todos corren desaforadamente hacia la meta. Pero no quiero quedar atrás, y mucho menos, a un lado. ¡No quiero ser excluido por mi nariz!
PEPE: Eso no va a pasar.
VIRGILIO: ¡Qué sabes tú! (Pausa.) Un buen día comerás sin mí.
PEPE: Eres un miembro del Equipo, no estás a un lado.
VIRGILIO: Para dar ánimos está bien. Pero no tenemos el mismo valor que tiene el deporte nacional. Y yo le tengo más miedo a los oportunistas, que al miedo mismo. Porque el mayor daño comienza cuando tratan de mantenerse.
PEPE: Coño... pero así no se puede comer. Tengo la comida atragan­tada. ¿Qué es lo que queda al final, de un oportunista?
VIRGILIO: ¡No comas más! Observa la mesa. Disfruta con su apariencia. Llénate con su significado. Olvídate de tragar.
PEPE: ¿Por cuánto tiempo?
VIRGILIO: He ahí la cuestión, mi querido. He ahí la cuestión. Le tengo miedo a la perdida de la memoria. ¿Qué es el hombre sin memoria?
PEPE: Pero... ¡Y la esperanza! ¿Qué es el hombre sin esperanza?
VIRGILIO: ¿Sabes en qué nos parecemos mucho? Tú y yo no somos aceptados.
PEPE: Es mejor ser un joven rebelde, que una vaca sagrada. Y tú vas camino de eso.
VIRGILIO: ¡Horror! ¡Horror! ¡Con esta figura mía!
PEPE: Pero no tendrías problemas.
VIRGILIO: Aceptado incondicionalmente es la muerte de toda rebeldía. ¿Pero puede uno convertirse en vaca sagrada, sin haber sido ternero alguna vez?
PEPE: Con un poco de suerte.
VIRGILIO: ¡Horror! ¡Horror! Mo­lie­­re amparado por el Rey... ¡qué malo! Tener que complacerlo. ¡No! Quiero que dentro de unos cuarenta años, en el nuevo siglo, se pueda mirar atrás y decir, ya en este siglo no existen ni los auto­censores, ni los censores, ni los oportunistas, ni los perseguidores. Eso fue cosa del siglo pasado.

Silencio. La música del carnaval sube y se aleja.
escena 7
Entra Ella y va directamente hasta la mesa donde estan ellos. Los mira sonriente.

ELLA: A pesar de todos los problemas que tenemos en estos tiempos, sigo, bueno, hemos aprendido, que respetar el derecho de los demás...
VIRGILIO: Agáchate. Sancho, para evadir los ataques de Frestón. Saca tu lanza imaginaria y clávasela en la persistencia. ¡Es demencial!
ELLA: Vine a decirles que me parece correcto que coman en su turno. Hay que respetar el lugar de los demás.
PEPE: Lo hacemos siempre.
VIRGILIO: Todo compartimen­tado, si eso la hace feliz.
ELLA: A usted. Hacer lo correcto produce satisfacción.
VIRGILIO: ¿Dónde están los no dioses?
PEPE: Esto será todos los días.
VIRGILIO: Tendremos que cambiar de lugar.
ELLA: ¿No lo dirán por mí?
VIRGILIO: Queremos huir de la monotonía.
ELLA: ¿Ustedes no son escritores? Pues escriban sobre la monotonía.
VIRGILIO: El mono-tenía su monoto-tonía, pero al ser de día... el pobre escribía su mano-grafía. (Pausa.) ¡Una buena relación sexual ayuda, siempre ayuda!
PEPE: Seguiremos su consejo. La realidad es muy rica en vitaminas, la tomaremos en pequeñas dosis, para evitar nuestras deficiencias.
ELLA: Muy graciosos.
VIRGILIO: Un coito violento, depredador. Un coito que nos consuma entre la vulgaridad y la animalidad.
PEPE: Estamos preparando un espectáculo. Se nos ocurrió aquí mismo. A través de esa ventana de cristal, siempre miramos el mismo paisaje. Unos enormes latones de ba­sura. Marcamos en la cola junto a ellos, hacemos la cola para entrar con ellos, y finalmente, nos sentamos a comer frente a ellos. No sabemos a quien se le ocurrió la idea de que los tanques de basura del hotel, estén frente a la Cafetería. Pero creemos que algo nos están recordando. Lo útil termina siendo desechable.
ELLA: ¡Ya veo!
VIRGILIO: Espec... espec...tacu... tacu...lo. Si es chiquito, espec... taculito.
ELLA: Está muy viej0.
VIRGILIO: ¿Dijo, viejo?
ELLA: ¡Buen provecho! (Se va.)
VIRGILIO: No tuve tiempo de ofenderla.
PEPE: No era necesario.
VIRGILIO: Así que el matancero ausente, que todavía no ha aprendido a higienizarse el ano, me dice lo que debo hacer.
PEPE: Por favor, Virgilio... no quiero que peleemos esta noche, como ayer...
VIRGILIO: Estamos predestinados.
PEPE: A destruir la amistad.
VIRGILIO: A tener nuestras diferencias. (Pausa.) Creo que Pepe Feo tiene razón. Esta es una relación escandalosa.
PEPE: ¿Y por qué?
VIRGILIO: ¿Qué tenemos en común? ¿Tú juegas canasta?
PEPE: No mucho.¡Nunca!
VIRGILIO: Seguramente te alimentas con el amor platónico.
PEPE: Me gusta el romanticismo, pero el platonicismo no.
VIRGILIO: Puras mentiras. ¿Qué pue­des decirme, si cuando tú estabas naciendo, yo salía para Buenos Aires? Dragún tiene razón, deberías estar practicando deportes.
PEPE: Virgilio, no rompas la atmósfera.
VIRGILIO: La atmósfera es un invento tuyo. Un invento idealizante.
PEPE: Estábamos hablando del miedo.
VIRGILIO: Y eso te incluye también a ti.
PEPE: ¿A mí? ¿Me temes a mí?
VIRGILIO: Desconfío. No tenemos nada en común. Ni siquiera las amistades. Esa Mercedes gorda, que tú dices que es poeta... me cae igual que su cuerpo.
PEPE: Tenemos en común el teatro.
VIRGILIO: Obritas con humo y palomas ensangrentadas, mejor dicho, asesinadas. ¿Qué tengo que ver con eso? (Pausa.) A menos que...
PEPE: A menos que...
VIRGILIO: Veamos la cuestión por el principio. ¿Quién eres tú? Porque ya sabemos quién soy yo. Un jovencito matancero viene a La Habana, se establece aquí y forma grandes rimbom­bancias y promesas de que algún día será... ¿Qué será? ¿Lo que soy yo? ¿Es que puedes ser lo mismo que yo? Que no es lo mismo, pero es igual... (Pausa.) A menos que... que tú y yo seamos lo mismo. O viceversa. ¿Es eso posible? (Pausa.) Creo, mi querido Pepe, que con mucha buena suerte serás un Pepe. En esa constelación de los José, cariñosamente llamados Pepes, serás el último Pepe. Tendrás que ser Pepe El Conquistador, para combatir contra un mar de adversidades subjetivas tra­tando de lograr espacio, en un torneo, presidido por otros Pepes que ya están allí, donde tú quieres estar. Pero la cuestión es: ¿Somos lo mismo si yo en vez de Pepe, me llamo Virgilio y ya estoy? (Pausa.) ¡Adelante, Pepe! ¡Los otros Pepes te saludan! Pepe Triana, Pepe Brene, Pepe Lezama, Pepe Feo, Pepe Antonio Ramos, Pepe Jacinto Milanés, Pepe Lorenzo Fuentes, Pepe Agustín Milían, Pepe A. Bara­gaño, Pepe Ángel Buesa, Pepe Zacarías, Pepe Corrales, Pepe Cid, Pepe A. Por­tuon­­do, Pepe Valdés Rodríguez, Pepe Lucia­no Franco, Pepe Soler Puig, Pepe Martínez Matos, Pepe María Heredia... ¿puedes con ese combate?
PEPE: Creo que eso que estás haciendo es más cruel, que matar la paloma en la obra que tanto te molestó.
VIRGILIO: ¿Qué me molestó?
PEPE: Sí te molestó. Y si no para qué toda aquella actuación del ataque de tos y levantarte diciendo improperios...
VIRGILIO: ¿Y me llamas cruel? ¿Cruel? (Pausa.) ¿Y a ti no te gusta el teatro de la crueldad?
PEPE: Estás desviando la res­puesta.
VIRGILIO: Está bien, no me gustó y fingí un ataque de tos. Me pareció una manera elegante de salir de la sala. Te pregunté cuando llegué si era mejor que la Noche de los asesinos, como me habían dicho, pero tú jugaste al asesinato de verdad, no desde el texto, me asesinaste a mí como espectador...
PEPE: ¡Me salió así! ¡Espontáneamente! No lo planifiqué. (Pausa.) Pero tú me matas también.
VIRGILIO: Pero asumo la responsabilidad. No digo que me salió espontáneamente. No miento.
PEPE: ¡Yo tampoco!
VIRGILIO: Está bien. Hagamos las paces. Pero tus obras se ponen porque tú eres director, yo en cambio... tengo que esperar. Y la mayoría de los directores prefieren montar los clásicos, es menos arriesgado. Les gusta la muerte en escena, pero la de Romeo, la de Hamlet. (Pausa.) Los campesinos de Servando no mueren. Él los pinta trabajando y contemplando felices la na-turaleza.
PEPE: Si algo está claro es que yo no soy tú. Y tú no eres Ser-vando. Tú eres tú.
VIRGILIO: Entonces tienes que aceptarme.

Se miran en silencio.

escena 8
Ella entra y va directamente hacía Virgilio.

ELLA: Siento molestarlos una vez más... ¿pero ustedes no ven a toda esa gente que espera allá afuera? Esa gente quiere comer, y si ustedes se siguen demorando, se acabará todo lo que hay... ¡No hay derecho!

Virgilio levantando un cuchillo.

VIRGILIO: ¿Usted vio La noche de los asesinos?
ELLA: ¿Es una novela? (Pausa. Vir­gilio hace un gesto con el cuchillo.) No, no la vi. (Pausa.) ¡Ya me lo figuraba! Puré San Germán y revoltillo. Ni eso quedará para nosotros. ¡Yo pensé que había carne!
VIRGILIO: Un País de poesías y de hechos. Somos el ámbito ideal para el verso. Pueden variar los acentos, las temáticas. Se pueden discutir los lenguajes y las ubicaciones. Es este un período prove­­­­­choso en lo que atañe al análisis crítico, sin que, desde luego, se haya conseguido todo lo que anhela. El carácter uni­ver­sal, la esencia de los cambios, el proceso de desarrollo de la necesidad objetiva. La conti­nuidad entre pasado, presente y futuro.
ELLA: Mi amigo, coma. Aliméntese. Usted está sufriendo un proceso de transición, pero debe alimen­tarse. ¡Eso sí! Tenga conciencia de que estamos allí, esperando.
VIRGILIO: ¿Con qué derecho invade todas las noches nuestra privacidad? ¿Por qué tenemos que oír siempre sus quejas, su obsesión del lugar que ocupa entre los demás? ¡Los que van delante! ¡Los que van detrás!
ELLA: Estoy pasmada.
VIRGILIO: ¡Un respiro! Necesito aire fresco. Me voy al Malecón. (Suelta el cuchillo.) Allá te es­pero. Pero por favor, que no te dé otra crisis. Con la mía es su­ficiente. (Se va lo más rápido que puede.)
PEPE: No sé qué decir.
ELLA: Termina de comer.
PEPE: No podré.
ELLA: (Mirando la mesa.) ¡Qué desperdicio de comida! (Pepe se va.) Es increíble que esta Cafetería no esté cerrada por reparaciones. Aunque sea, para encontrar un lugar donde poner los tanques de basura. Creo que va siendo hora de encontrar otro lugar para comer, antes de que esto suceda. Tarde o temprano, todo se repara.

Se sienta en la mesa, pero de espaldas al público.

escena 9
Ella sentada en la mesa, pero de espaldas al público. Virgilio y Pepe entran por lados opuestos del escenario y avanzan uno frente al otro. Llegan a la mesa y se sientan, ella queda entre los dos.

PEPE: Tú siempre me has hablado de tu miedo. Pero te diré que yo presencié, cuando un chino que estudiaba conmigo, gritaba que no quería que lo botarán de la escuela y se aferró a una butaca. Nadie logró que se levantara y se lo llevaron del salón, con butaca y todo. Unos días después, encontré a un compañero de cuarto con unas tijeras en las manos, intentando clavárselas en el vientre y luché con él, con todas mis fuerzas, para quitárselas. También estuve en una asamblea en la que se decían nombres y comenzaron los gritos, los insultos, las amenazas... cada vez que alguien era mencionado. Y la verdad es que tuve miedo, mucho miedo.
VIRGILIO: ¿Miedo de qué?
PEPE: De oír mi nombre.
VIRGILIO: ¿Y por qué no escribes sobre eso?
PEPE: ¿De qué serviría?
VIRGILIO: A pesar de que tengo la impresión de que ella lo está oyendo todo... te diré que lo escribas como una crítica al pasado. ¿No es pasado? Al pa­sado siempre podemos tirarle una ojeada crítica. ¡Ya te lo agradecerán!
PEPE: Estás hablando como Veró­nica Lynn.
VIRGILIO: Me habrá bajado el espíritu de Santa Camila de La Habana Vieja. (Pausa.) Tengo la impresión de que ella lo está oyendo todo. Nunca se había sentado tan cerca.
PEPE: Virgilio... es que no te entiendo... ¿por qué no podemos ser amigos?
VIRGILIO: Un escándalo... Quizás... por la diferencia de edad... Veinticinco dos veces. (Pausa.) ¿Por qué no vienes a la lectura del domingo?
PEPE: ¿Qué lectura?
VIRGILIO: Voy a leer La caja de zapatos vacía.
PEPE: Sí, a lo mejor.
VIRGILIO: Ya sé que te parece subversivo. ¿Qué tiene de malo que si mis obras no se representan, yo las lea?
PEPE: Habla bajo, a lo mejor te está escuchando.
VIRGILIO: Te asusta la idea. Tampoco fuiste a la lectura de Dos viejos pánicos. Ya te dije que disfruto actuando mis personajes y ésta es mi oportunidad. Por eso me encantó que la Doña me prestara su teatro para mi recital.
PEPE: Siempre lo dices.
VIRGILIO: ¡Y lo llené! ¿No soy un autor popular? Llené el teatro.
PEPE: Sí, lo sé. Yo estaba allí.
VIRGILIO: Entonces dime la verdad, ¿sirvo o no como actor?
PEPE. ¿Y para qué quieres actuar?
VIRGILIO: ¿Y para qué sirve el vicio? (Pausa.) Eso te lo explicaré otro día, cuando ella no esté tan cerca. Pensándolo bien, hoy no es un día para el pez plátano. Hoy es un día para salir a matar un enano. (Se levanta.) ¡Hora de partir! ¿Vienes o no a la lectura?
PEPE: Creo que sí.
VIRGILIO: Pero si no vienes, recuerda que yo sé que leíste Juana en casa de Teté Vergara, en casa de Elio Mesa, y también en casa de Gloria Parrado. ¡Tú eres más subversivo que yo, querido! (Se va, pero inmediatamente regresa.) ¡Y también se la leíste a la gorda Mercedes en su casa! (Se va.)
ELLA: (Mostrando su rostro.) ¿Quiere oír un consejo, joven­cito?
PEPE: Dígame.
ELLA: Creo que usted siente por ese señor algo más que amistad.
PEPE: ¿Qué dice?
ELLA: Digo... devoción. Adoración.
PEPE: Bueno, creo que algo de eso es la amistad.
ELLA: Sólo me gustaría saber si estás preparado. Eres muy idealista. No te asustes, de aquí no sale. ¿Estás preparado para el día ese en que ya no va a venir a comer?
PEPE: Claro que no, para qué pensar en eso. Los sueños es mejor tenerlos, aunque sean sueños.
ELLA: ¿Y él te considera su amigo?
PEPE: ¿Debería importarme?
ELLA: (Se levanta.) Voy a decirle que vuelva a entrar.

Ella sale mientras Pepe se sienta en la mesa. Virgilio aparece inmediatamente. Música.
VIRGILIO: Hoy no vengo a comer. Estoy cansado de hacer la misma cosa todos los días. Hoy vengo a actuar mi papel de escritor vanguardista. Te voy a dar ese gusto. Estaremos juntos en el escenario lo viejo y lo nuevo, pero no como quería ese señor, ahora soy yo el que quiero. Pero para dejar esclarecido que yo también soy un joven. Y que la edad, mi querido, ha sido sólo un factor accidental en nuestras carreras. Y que mi juventud puede palparse en todo lo que escribo. Sin embargo, hay jóvenes pite­can­tropus de la literatura. Igual que hay marico­no­­saurios en los conciertos del Amadeo, hay quien lleva la prehistoria a cuestas en su literatura. Hoy voy a jugar el infantil juego de mi madurez.
PEPE: Puedes decirme lo que sucedió hoy. (Virgilio mira a su alrededor.) Sí, puedes. Ella se fue.
VIRGILIO: Estoy muy sorprendido. Estuve hablando con un amigo, que con tal de llegar muy lejos, he escrito una especie de guan­tanamera-koljosiana, una especie de polka-son. ¿Y qué tan lejos se podrá llegar haciendo esas cosas? Y cuando se me ocurrió dar mi opinión, hones­tamente, por poco soy devorado por unos defensores del arte de la confusión cultural, probablemente biznietos o tatara­nietos... de la mediocridad. Esgrimí mi consigna de “Conozca a Cuba primero” y salí como gato del agua. Pero siento la necesidad de escupir mi ma­lestar. Porque a lo mejor no soy un autor de mayorías. A lo mejor mi Electra es una incomprendida, pero es Garrigó. No puedo hacer una Svetlana Garrigó. (Pausa.) Un funcionario extranjero dijo que él dirigiría el teatro como si fuera un coche, que él llevaría las rien­das, nosotros formábamos parte del coche. Levanté la mano y dije que yo me bajaba del coche.
PEPE: Pero los funcionarios van y vienen.
VIRGILIO: ¿Y mientras van? ¿Y mientras vienen?
PEPE: Zapatero a tus zapatos.
VIRGILIO: (Lo mira con asombro.) Tal vez es cierto que has aprendido algo. La letra con sangre entra. (Pausa.) ¡Un escándalo! Pero tal vez útil...
PEPE: No te quedes sin comer.
VIRGILIO: Ya comí. Hoy no estoy para el San Germán. (Pausa.) ¿Dime una cosa? Cuando diga: Rosa la ge­nu­flexa... ¿debo arro­­­­dillarme o es demasiado evidente?
PEPE: Yo lo encuentro simpati­quísimo.
VIRGILIO: ¿Pero me arrodillo o no?
PEPE: No me molesta.
VIRGILIO: Sólo puse una rodilla en el piso... ¡Y cómo me aplaudieron! (Pausa.) ¿Y la parca de las colas no hará hoy su entrada triunfal?
PEPE: Ya estuvo aquí.
VIRGILIO: Se ha convertido en un mal necesario. Ya extraño sus quejas, a lo mejor algún día, llego a amarla. Y hasta comer en paz con ella. Podemos dejarla formar parte de ese dilema shakespereano de comer o no comer, a lo que tú y yo hemos dado una respuesta con­tun­­­­­­dente... ¡Comer! Con y sin apetito, comer.
PEPE: Porque ha sido un magní­fico pretexto. A pesar de tus ataques.
VIRGILIO: ¡Me defendía! Está claro, pensé que eras uno de esos jovencitos irrespetuosos que arremeten contra todo lo establecido. Pero me di cuenta de que igual que tú, yo también estoy buscando mi lugar.
PEPE: ¿Puedo hacerte una pregunta?
VIRGILIO: (Lo mira sonriente.) Puedes.
PEPE: ¿Me consideras tu amigo?
VIRGILIO: (Se levanta violento y comienza a girar en torno a la mesa.) ¡No pienso contestar esa pregunta! ¡No pienso! Pero se me ocurre que yo debo preguntarle algo... ¿Tú que arriesgas?
PEPE: ¡No sé lo que quieres decir!
VIRGILIO: ¿Qué arriesgas por mí? Porque yo soy un peligro. Porque yo soy una amenaza. Porque yo soy contagioso. Y en este lugar, tienes la coartada perfecta. Tú no me visitas en mi guarida. Tú comes en este lugar y de casualidad... Virgilio también come... ¡Casua­lidad! En esta relación no hay riesgos. Esta amistad es fácil, no contaminante... ¡Este es un lugar público! Sin riesgos... ¿Crees que soy la peste? ¿Por qué no vas a mis lecturas? Comer aquí, con Virgilio, es un acto sutil de compañerismo, una ceremonia de participación autorizada. En fin, aquí no hay nada que temer... sólo a la comida.
PEPE: ¿Pero por qué me agredes todo el tiempo?
VIRGILIO: ¿Le llamas agresión a esta confesión en voz alta que hago de afecto comprometido? ¡Quiero compromiso! (Pausa.) ¡Deja que Antón se entere de ésto... y Pepe Feo... lo vas a saborear de lo lindo!
PEPE: Creo que me voy. Estoy complicado esta noche.
VIRGILIO: Mírate en ese espejo, Pepito... vas derecho a ser como yo. (Se le acerca.) Yo diría más... tú eres yo, o yo soy tú, lo único que nos diferencia es la edad.
PEPE: (Camina para irse.) Yo soy tu amigo. Estaré al final de la cola de todos los Pepes, pero lo soy.
VIRGILIO: Si vas a comer, espera por Virgilio. (Pepe se va.) ¡Entra! Sé que estás ahí. Hazme un poco de compañía. No me gusta comer solo. (Ella entra y se sienta frente a él) ¿Porque será que la amistad duele? (Ella sonríe.) No es lo mismo comer contigo. Eres la puñetera desgracia que me sigue desde Guanabacoa, o desde la Ar­gentina... la cuestión es que apareces siempre donde estoy. ¡No pienso apurar el tiempo! Todavía tengo que zarandear La Habana. (Pausa.) ¿Hoy no hay protestas sobre el lugar que ocupas? Claro, ya estás comiendo! (Pausa.) Recuerda que hago el destino de mis personajes. (Ella se levanta.) ¡No me toques! ¡Yo voy delante!

Virgilio sale seguido por ella.

escena 10
Pepe prepara la mesa.

PEPE: Para Virgilio, frijoles negros, arroz blanco. Ensalada de agua­­­­cates en cuadritos con sal y vinagre. Para Virgilio, pi­cadillo criollo con papitas fritas dentro. Yuca con mojo y boniato frito. Las dos cosas. Y no se me puede olvidar el arroz con leche. (Camina nervioso y preocupado por la espera.) ¡Son las siete! ¡Las siete!

Pasa el tiempo. Comienza a bajar la intensidad de la luz. Pepe enciende los candelabros. Por un momento, es la única luz.

Apagón.

Contacto: José Milián cucufate@cubarte.cult.cu